martes, 30 de agosto de 2016

Destituido el jefe de la policía en México tras un duro informe de Derechos Humanos

El presidente cesa a Enrique Galindo días después de que el 'ombudsman' mexicano denunciara el asesinato de 22 civiles a manos de agentes federales

Enrique Galindo, excomisionado de la Policía Federal, en una imagen de 2015. SAÚL RUIZ
El pasado 18 de agosto, la comisión de Derechos Humanos de México confirmó las sospechas de que el enfrentamiento entre delincuentes y policías en Tanhuato, Michoacán, en realidad fue un abuso de poder. “Ejecuciones arbitrarias”, sentenció el organismo en un informe. Once días después, el presidente Enrique Peña ha destituido al jefe de la Policía Federal, Enrique Galindo, para facilitar las investigaciones sobre este caso.
El trabajo de Galindo Ceballos ha sido cuestionado con frecuencia por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Abusos de poder, torturas, ejecuciones extrajudiciales y otras violaciones a los derechos humanos por parte de policías a su mando han sido documentadas por la Comisión; incluso, una detención irregular firmada por él mismo, cuando era fiscal del Estado de San Luis Potosí. Fue hasta que el ombudsman lanzó un informe confirmando el asesinato de 22 civiles a manos de policías, que el comisionado fue destituido.
Su lugar será ocupado por Manelich Castilla Craviotto, excomisario de laGendarmería, el grupo de élite de la policía impulsado por el presidente Peñaespecíficamente para combatir al crimen organizado. Castilla ha sido entrenado por la Policía Nacional de Colombia, el Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI) y la Real Policía Montada de Canadá.
“En el marco de los hechos recientes y por instrucciones del Presidente, el comisionado general de la Policía, Enrique Galindo, se ha separado de su cargo (…) con el objetivo de facilitar que las autoridades correspondientes lleven a cabo una investigación ágil y transparente, de cara a la ciudadanía”, dijo en un mensaje a medios el ministro del Interior, Miguel Osorio Chong, sin especificar a qué hechos se refería pero enfatizando el tema de los derechos humanos.
En mayo de 2015, la Policía Federal informó de la muerte de 42 presuntos delincuentes en un enfrentamiento con sus agentes en el municipio de Tanhuato, del central Estado de Michoacán. Los supuestos criminales eran miembros delCártel Jalisco Nueva Generación –actualmente el más peligroso de México-, según la versión oficial. La sospecha de que no había sido un enfrentamiento sino un ataque de la Policía pesaba sobre la Comisión de Seguridad, pero su titular, Renato Sales -a quien fue dirigida la recomendación de Derechos Humanos- insistió en que el uso de las armas fue necesario “ante la agresión real e inminente”, incluso tras la publicación.
El reporte señala, sin embargo, que 20 de los 42 delincuentes murieron por uso excesivo de la fuerza; otros 13 fueron baleados por la espalda, cinco desde un helicóptero y otros tres en la casa donde ocurrió el enfrentamiento. Uno más murió quemado en el incendio que provocaron los 4.000 proyectiles disparados hacia una bodega en la que había barriles de combustible.
La recomendación, firmada por el ombudsman Raúl González, es una investigación del organismo sobre las “violaciones graves a los derechos humanos, por el uso excesivo de la fuerza que derivó en la ejecución arbitraria” de 22 civiles, la muerte de otros cuatro, la tortura hacia dos detenidos, “el trato cruel, inhumano y degradante” hacia otro detenido, así como la manipulación del lugar de los hechos. Todas las acusaciones son contra la Policía Federal, por lo que su titular, Enrique Galindo, fue removido este 29 de agosto.
Osorio Chong instruyó al nuevo comisionado, Manelich Castilla, a “seguir adelante con los esfuerzos que estos años hemos llevado a cabo para consolidar a la Policía Federal como una institución de excelencia, sólida y confiable, en favor de las y los mexicanos”, y le giró una instrucción particular: profundizar la capacitación de todos los policías en materia de derechos humanos.
Este cambio en el gabinete de Enrique Peña Nieto ocurre en el contexto de una crisis de derechos humanos derivada de los fuertes cuestionamientos que las organizaciones sociales han lanzado contra las fuerzas policíacas y militares, de las que se han comprobado abusos de poder, violaciones, torturas, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales. Las violaciones a derechos humanos cometidas en México han sido constatadas incluso en el Gobierno de Estados Unidos. También ocurre a pocas semanas de que entraran en vigor el nuevo sistema penal acusatorio y el Sistema Nacional Anticorrupción, iniciativas también de Enrique Peña.

Destituido el jefe de la policía en México tras un duro informe de Derechos Humanos: EL PAÍS

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Cuatro días de noviembre para convertirse en leyenda

En 1990 Juan Gabriel cantó por primera vez en Bellas Artes, un espacio reservado para la alta cultura

Francisca Cortés no pudo despegarse de la televisión toda la tarde del domingo. Esta empleada doméstica cambiaba los canales porque tenía la esperanza de que los informativos habían errado lo que anunciaron: Juan Gabriel había muerto. “¿Quién era ese, mamá?”, le preguntó Ángel, su hijo de siete años. “Es el artista que cantaba la canción que bailaste cuando saliste del jardín de niños”, respondió su madre sin despegar la mirada de la pantalla.
Muchos años antes de hacer bailar a los críos el Divo de Juárez tuvo un bautismo de fuego que ayudó a convertirlo en una leyenda querida por todos los estratos sociales, de los más pobres a los más ricos. Ese hito tiene fecha. Sucedió del 27 al 30 de noviembre de 1990, cuando las puertas del Palacio de Bellas Artes le fueron abiertas de par en par por primera vez. Hasta ese momento, ese espacio inaugurado en 1934 había sido reservado al teatro, óperas, conciertos sinfónicos y espectáculos de la élite. “Esa gran sala casi siempre se había negado para el espectáculo popular”, escribió Eduardo Magallanes, compositor del artista en la biografía Querido Alberto.
La idea de cantar allí no vino del artista sino de María Esther del Pozo, asistente de Víctor Sandoval de León, el director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Las gestiones para el concierto comenzaron en mayo de 1990 y generaron críticas y resistencias de los sectores de la alta cultura. El periodista Víctor Roura describió el hecho como la conquista del pop de espacios inexplorados. “Bellas Artes fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa”, escribió.

EL ÚLTIMO ADIÓS

El Gobierno quiere que los mexicanos den el último adiós a su ídolo en el Palacio de Bellas Artes. Esa distinción ha sido reservada a titanes culturales como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mario Moreno Cantinflas, Rufino Tamayo y Chavela Vargas. Rafael Tovar, el secretario de Cultura mexicano, ha señalado que el espacio está listo para cuando la familia del artista dé su visto bueno. El artista también recibirá homenajes en Chihuahua y Michoacán. Las fechas para los tres eventos están aún por definirse.
Juan Gabriel no era ningún desconocido en ese entonces. El artista nacido con el nombre de Alberto Aguilera Valadez vivía en una gira permanente llenando plazas de toros, palenques y estadios. En julio de 1982, once años después de haber grabado su primer éxito, había vendido todos los asientos del Auditorio Nacional. Pero Bellas Artes era inalcanzable incluso para él en ese momento.
El tono del debate subió. “Hubo majaderías, injurias y ofensas”, escribió Magallanes. Lo insultos se dirigieron al artista y a los funcionarios que habían dado el permiso. Hubo también ataques homófobos que trataron de hacer sangre por la difusa sexualidad de Juan Gabriel. Para tratar de calmar los ánimos, las autoridades culturales anunciaron que el dinero recaudado del concierto se destinaría a la Orquesta Sinfónica Nacional.
Lo que sucedió ese invierno quedó grabado en la memoria popular mexicana. Las famosas cortinas de vidrio de la sala, decoradas con un paisaje de los volcanes mexicanos, revelaron al artista michoacano acompañado de la Sinfónica dirigida por Enrique Patrón de Rueda. Sobre el escenario, Juan Gabriel presentó a 24 niños educados en un albergue que creó en 1987 en Ciudad Juárez, la urbe fronteriza donde creció. Los menores cantaron un popurrí de éxitos, entre ellos No tengo dinero y Buenos días, señor sol, como contó Carlos Monsiváis en su crónica en el semanario Proceso
El concierto duró poco menos de tres horas y fue el primero videograbado en el palacio. Hubo varios bises y ovaciones que se prolongaron quince minutos. Lo más importante ocurrió en el patio de butacas. “Todo el auditorio bailó sin ningún complejo… aún el más reacio se movía llevando el ritmo”, describió Magallanes. Durante cuatro días, 1396 personas se entregaron cada noche a los temas de Juan Gabriel. Los cronistas de la época encontraron a políticos y funcionarios que disfrutaron del espectáculo protegidos por las sombras de los palcos. Querían ver al Divo en una época donde admitir su devoción en público no era bien visto.
Monsiváis escribió el programa de mano del concierto. Nueve años antes, el autor había escrito en Escenas de pudor y liviandad (Grijalbo, 1981) sobre la presencia ubicua del artista. “Va del bar a las tres de la mañana a la fiesta de quince años, de Nogales a Ciudad Neza, del travesti al diputado, de la lonchería al radio de transistores que acompaña a las prostitutas”. Cuatro días de noviembre bastaron a Juan Gabriel para difuminar las divisiones de las clases sociales mexicanas.

Cuatro días de noviembre para convertirse en leyenda: EL PAÍS

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