Prosa aprisa
“Estoy bien de salud, sólo tengo
cáncer”
Arturo
Reyes Isidoro
¡Dios!
Cuánta entereza, cuán ejemplar y motivante se mostró la actriz Edith González
el viernes pasado al asistir con una actitud muy positiva a la entrega de
premios Luminus en la Ciudad de México.
Edith
padece cáncer de ovario, enfermedad que ha abrazado con toda valentía y la vive
con alegría luego de que le fue diagnósticada y se sometió a un tratamiento de
quimioterapia durante ocho meses.
El
viernes, llegó acompañada de su esposo Lorenzo Lazo (le envío mi abrazo más
sentido y solidario tanto a ella como a él, quien fue mi compañero de trabajo
en el gobierno de Miguel Alemán Velasco) y platicó algunos minutos con la
prensa, a cuyos representantes les agradeció los halagos que le hicieron porque
se veía muy bien.
Fue
el 19 de agosto del año pasado cuando al ser intervenida a causa de que sentía
dolores fuertes en el estómago le detectaron tejidos cancerosos, que le fueron
removidos en su totalidad de inmediato y se le sometió a tratamiento. Al día
siguiente se dijo “fuerte, llena de vida” al confirmar que estaría bajo
tratamiento por varios meses.
Al
reaparecer la semana pasada, primero en el reestreno de una obra en el Teatro
Helénico y luego en la entrega de los premios Luminus reconoció que su
tratamiento fue “muy duro, nada fácil”, pero dijo que no era el momento para
“tirarse, sino para luchar”.
“El
cuerpo se tiene que reponer, pero el chiste está en cómo uno lo toma y lo vive.
Yo me siento siempre sana, excepto cuando estoy en tratamiento, de ahí en fuera
estoy super bien”, dijo entonces.
Y
siguió con todo optimismo: “De canceroso a canceroso uno se entiende. Es muy
personal. Mi postura es vivir y enfrentarlo con valentía. Abrazarlo y amarlo.
Es parte de ti, así que órale, vamos por la vida”.
Llegó
al grado de considerar el suyo como “un cáncer muy lúdico” (perteneciente o
relativo al juego), ante lo que expresó: “lo he vivido con alegría y lo quiero
compartir. Estoy viva. Aquí estoy. A las mujeres que han recibido esta noticia
les diría que no se lo tomen en serio, lo único que hay que tomarse en serio es
el tratamiento, el cáncer no. Sea cual sea el resultado. Yo elijo vivir”.
Durante
su periodo de convalecencia no ha dejado su sentido del humor. “Le hablo al
cáncer y le digo que es bien mala onda, porque además siempre es silencioso y
nunca se manifiesta. Es mala onda, le hablo y le digo, ya vete de aquí. Yo me
lo tomo con sentido del humor, nadie lo entiende, porque tengo un humor negro,
pero yo no pienso dejarme derrotar, ni en lo físico, ni en lo espiritual, ni en
lo mental”.
Así
lo piensa y así actúa.
El
viernes dijo: “De la salud todo bien, sólo tengo cáncer”, como cuando una
persona dice: “De la salud todo bien, sólo tengo gripa”. Además, esa noche,
Edith se presentó sin peluca (debido a la enfermedad y al tratamiento perdió su
larga cabellera), lo que definió como un símbolo de libertad. O sea, entiendo,
presentarse tal como es. Aceptarse tal cual, lo cual es tan difícil en este
mundo de apariencias.
“Simplemente
es lo que es y si me animé a compartir mi experiencia es para enseñar que con
el cáncer también se puede jugar, pero con el tratamiento no”. Sobre la
impresión que le causó la primera vez que se vio en el espejo con su nueva
imagen, expresó: “Ninguna, ha sido divertido”.
No
es fácil saberse enfermo y, como comúnmente se dice, estar echado pa’lante;
menos cuando se sabe que la enfermedad es de las que llaman mortales porque los
médicos pueden predecir con alto grado de seguridad cuántos días, semanas o
meses le quedan de vida a un enfermo.
Por
eso es motivante la actitud de Edith, quien además se prepara para participar
en una obra de teatro e iniciar una filmación. En las fotos del pasado viernes
vi a su lado a Lorenzo lo cual también es digno de encomio, pues cuánto ha de
animar a la actriz saber que su compañero está a su lado cuando más lo
necesita.
Larga
vida a Edith y fortaleza de ánimo a Lazo.
3 de mayo, día de la Santa Cruz
Desde
ayer Otatitlán, hermoso pueblo ribereño de la cuenca del Papaloapan, es un
hotel gigantesco.
Son
tantos los peregrinos que llegan al Santuario a visitar al Cristo Negro, lo
mismo del sur del Estado que de Oaxaca, Chiapas y Centroamérica, que
materialmente es imposible dar alojamiento a todos en las casas del lugar.
Pero
–siempre me ha sorprendido y admirado– es tanta la creencia y la fe religiosa
que a nadie importa dormir en las aceras, en el patio del Santuario o en todo
espacio disponible al aire libre con tal de poder pasar a ver al Cristo
milagroso, donde con mazos de albahaca ante su imagen todos se hacen una
limpia.
Claro,
la fecha también convoca a la feria del lugar, y todo es tan milagroso con un
mole que venden en las fondas improvisadas frente al templo donde en muy
grandes cazuelas las señoras que lo venden lo mantienen caliente listo para
servirse. Nunca he probado uno igual en algún otro lado y, no es por presumir,
cuidado que he recorrido una y otra y otra vez todo Veracruz.
Mis
lectores saben que soy devoto del Cristo Negro. Los milagros que he recibido en
los momentos más difíciles de mi vida y la de mi familia me llevan año con año
al lugar, donde, además, voy al reencuentro de un Veracruz y de un México que
casi se perdió ya en otros lados.
Qué
hermoso atravezar el río Papaloapan, el río de Las Mariposas de Agustín Lara,
en panga si entra uno por los pueblos a orilla de la carretera
Cosamaloapan-Tuxtepec, Oaxaca, y encontrar la calidez de los pobladores, ver el
campo sembrado de caña, de plátano, de árboles de mango manila, que según es el
mejor del mundo.
Y
qué decir de llegar al pueblo y probar unas “percheronas”, las paletas de
frutas naturales que vende una vieja familia que ofrece un butaque para
sentarse a disfrutar frente al parque del lugar, o ir a La Chinampa a probar
una mojarra grande que apenas horas antes se deslizaba en el río, y si la
ocasión lo permite disfrutarla con la jarana, el requinto y el arpa al lado
escuchando las décimas del hijo ilustre de Otatitlán, Rutilo Parroquín, un gran
arpista y repentista, músico de veras de estatura universal, quien no hablaba
en prosa sino en verso.
Es
tanta la riqueza cultural de Veracruz que ahí no necesitan de oficinas de
turismo (¿los funcionarios de la Secretaría de Turismo del Estado habrán ido
alguna vez a Otatitlán, sabrán dónde queda, de su belleza y de esta gran fiesta
religiosa anual?): solos llegan miles y miles que convierten al pueblo en un
escenario que de haberlo conocido Gabriel García Márquez lo hubiera inspirado
para escribir una novela, como sólo él sabía hacerlo, una novela de realismo
mágico.
Y,
claro, hoy es también el Día del Albañil, de los amigos y maestros de la mezcla
y la cuchara, a todos los cuales les envío mi felicitación y abrazo. Ellos
construyen las casas, las residencias, las mansiones que nunca han de vivir. Al
menos que la pasen de lo mejor este su día.
Claro,
lector, te habrás dado cuenta que cambié hoy de temas. Y es que como tú, estoy
hasta la madre de las miserias de los políticos y de las políticas, de tantas
raterías, de tantos falsos redentores, de tantos salvadores del pueblo.
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